Desde hace varios años, el reconocimiento de “gamer” como identificador para una persona ha pasado de ser lo que alguna vez fue.

En medio de un período de prosperidad para la industria de videojuegos sin precedente alguno, la implementación del término en redes sociales y su asociación con numerosas situaciones ha elevado el interés por conocer que piensan estas personas.

Es muy probable que, de leer estas líneas, en algún punto de tu vida te hayas identificado como gamer, probablemente llevándolo con orgullo en más de una ocasión. Del mismo modo, lo que se conoce como “cultura gamer” no goza en la actualidad de la mejor reputación gracias a diversas acciones.

Considerando esto, ¿es el estereotipo del gamer lo que crea una cultura tóxica? Corresponde mirar de cerca a ver que podemos encontrar.

Cambios en el estereotipo

Lo que originalmente era visto como un jugador de videojuegos era generalmente un adolescente varón que prefería el aislamiento en salas oscuras, pasando horas frente a la pantalla.

Esta idea mutó con el paso del tiempo gracias a la evolución tecnológica y a la apertura que el medio tuvo, en gran medida porque muchas personas forzaron las puertas para entrar a este mundo.

Un gamer en sentido amplio es aquella persona que juega videojuegos de manera regular, sea casual o dedicada, sin importar la plataforma o el medio que utilice para satisfacer su pasatiempo.

Esto saca de la ecuación a la población insular que se consideraba gamer, para darle una apertura a toda clase de personas. Sin ninguna diferencia de edades, condiciones sociales u orientación sexual, con el crecimiento se dio una gran apertura que no tenía precedentes.

De manera evidente, el crecimiento de la industria representó un importante crecimiento en las entradas de dinero. Más gente jugando equivale a más gente comprando y a mayores posibilidades de seguir creciendo.

Tristemente, las comunidades insulares tienen la tendencia a no tomar el cambio de la mejor manera.

“Verdaderos gamers”

Al hacerse más populares, los juegos dejaron de ser “propiedad exclusiva” de muchas personas que los convirtieron en su calificativo personal, teniendo que “compartir espacio” con gente que consideraban indigna.

Como personas que cuidaban su feudo de un invasor, no tenían la idea de brindar apertura a otros a convertirse en gamers, sino de cerrarse en una burbuja donde no puedieran ser tocados. Esto también incitó una importante dificultad de establecer contacto con otras personas.

No es descabellado decir que una persona de la diversidad, minoría racial o de género ha recibido algún comentario, broma pesada o discriminación dentro de la comunidad de un videojuego solo por estar allí, “donde no deben”.

Mujeres discriminadas en los lobbys de juegos online, señaladas en chats de voz o inclusso acosadas en redes sociales eran sinónimas con la cultura gamer en toda su historia. Exponiendo más percepciones internalizadas de estas personas que un interés real sobre su calidad como jugadoras.

La existencia de estas personas como “verdaderos gamers” o “fans auténticos” todavía aqueja a las comunidades de este tipo de entretenimiento, al apelar a la creación de contenido insular en lugar de su crecimiento.

La vida se abre paso

El irrevocable paso del tiempo está dando cuenta de esta mentalidad, al convertirse en un sentimiento cada vez más arcaico dentro del mundo de los jugadores. Todavía hay vestigios de esta mentalidad en redes sociales, pero mucho está cambiando.

Atrás han quedado los momentos en donde streamers abiertamente insultaban personas con epítetos raciales o sexistas y salían impunes. Ya los juegos están cada vez abriendo más el abanico de representación y desarrollando mejores oportunidades para que los juegos sean algo más artístico que una máquina de micropagos.

Incluso las situaciones internas de las compañías salen a la luz, mostrando un lado de la industria que su hermetismo de antaño habría dejado en las sombras.

Los gamers cambian con el mundo, o serán irrevocablemente dejados atrás por el mismo.

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