Tras numerosos análisis de lo que implica la compra de Bethesda a manos de Microsoft, nos hace falta la pregunta más obvia, ¿por qué?

La respuesta es, sorpresivamente, muy obvia. Ambas compañías están muy cómodas trabajando juntas, al punto de tener una afinidad muy singular en su visión de la industria de videojuegos.

Hoy, Todd Howard recordó oportunamente que fue Bethesda quien se arriesgó al estrenar su poderoso The Elder Scrolls 3: Morrowind en la primera Xbox, un sistema al que pocos usuarios y compañías le tenían fe.

El voto de confianza de la compañía le vino muy bien a la familia de consolas de Microsoft, al tenerse ambas como un respaldo de confianza en medio de una competencia muy fuerte que se seguía abriendo paso.

La positiva relación entre las dos compañías siguió marcada en la siguiente generación, dónde cada título de Bethesda estuvo presente en Xbox 360 y siempre con el privilegio de ser tratado con un amplio margen de respeto.

Fueron obras como Fallout New Vegas y The Elder Scrolls V: Skyrim quienes hicieron de este estudio algo más que solo un artículo de nostalgia y los llevó a otro nivel, siempre de la mano de Xbox.

Es esta simbiosis la que hizo en gran parte la reputación de Bethesda como creadora de grandes obras de RPG y a Xbox como su embajadora principal. A pesar de que nunca le dieron la espalda a PlayStation, eran mucho más abiertos en su relación con Microsoft en ese respecto.

Con una tendencia a ser más críticos de PlayStation que de Xbox en general, los recientes estrenos de Bethesda se han presentado en consolas Xbox One, apuntalando la relación entre las dos casas.

Una comodidad surgida de confiar en una plataforma occidental para presentar sus juegos y de siempre jugar unidos, en una combinación inseparable, ha llevado a la decisión de que estás dos compañías se unieran a través de esta compra.

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