Las películas de Studio Ghibli resaltan por varios rasgos, pero hay uno de ellos en particular que siempre nos hace volver a los mundos creados por Hayao Miyazaki e Isao Takahata y esa es su forma de tender puentes.

Ambos directores poseen una habilidad envidiable para relatar historias que nos conectan con la naturaleza, como en ‘Nausicaa del valle del viento’ o ‘La princesa Mononoke’, pero no podemos olvidar que también relatan historias sobre la naturaleza humana.

Aunque en muchas ocasiones retratan el odio y las guerras que somos capaces de llevar a cabo, en otras nos hablan de los lazos familiares y de nuestra conexión con el pasado, teniendo como ejemplo cintas como ‘Recuerdos del ayer’ y ‘Kiki entregas a domicilio’.

Es de esta última conexión de la que vamos a hablar, específicamente de una personal, ya que si hay algo que tendió un puente entre mi mamá, el mundo del anime y yo fue ‘El viaje de Chihiro’.

Vamos al cine

Imagen tomada de 'Sen to Chihiro no Kamikakushi' con un primer plano de la protagonista bajo el agua.

Vamos a ponernos a gusto y comenzar desde la mañana en que nos preparábamos para ir al cine en 2003, una época más sencilla donde con 10 años de edad, despertaba con el olor a café con leche, la tele a todo volumen y la felicidad de saber que iba a salir a pasear.

Estos días eran los más esperados, ya que mi mamá, con 28 años de edad, trabajando y estudiando para sacar la carrera universitaria, no solía tener mucho tiempo libre aparte del último día de la semana.

La rutina era esta: comer, limpiar el apartamento y salir a dar una vuelta en el único centro comercial con cine cerca de casa, donde veríamos una película juntas y es aquí cuando decidimos que esta vez sería ‘El viaje de Chihiro’.

Para ese entonces mis únicas referencias del anime eran series que pasaban por la TV en las tardes como ‘Sailor Moon’ y ‘Dragon Ball’, mientras que mi mamá conocía ‘Mazinger Z’, ‘Marco’ y ‘Heidi’, ambas sin saber sobre toda la cultura que había detrás.

Como ávidas consumidoras de los éxitos de Disney en casa, gracias al glorioso VHS, y a pesar de ver anime previamente, ‘El viaje de Chihiro’ nos tomó por sorpresa desde antes de entrar a la sala.

Para empezar, las únicas personas que hicimos fila para ver el éxito más grande de Studio Ghibli fueron otra mamá, su hija y nosotras. Nunca supimos a ciencia cierta si se debía a que fuimos casi al final de su gira o si no llamó la atención del público local.

Sea cuál fuese la razón, teníamos una sala de cine casi para nosotras solas, donde nos acostamos entre filas, reímos en voz alta en los avances y descubrimos un mundo repleto de folclore japonés que nunca habíamos experimentado.

La experiencia de El viaje de Chihiro

Imagen tomada de 'Sen to Chihiro no Kamikakushi' con la protagonista siendo acorralada por Yubaba.

Conversando con mi mamá antes de escribir este artículo, es gracioso saber las cosas que quedaron impresas en nuestras memorias y es que aunque algunos digan que el choque cultural es difícil, para nosotras fue un viaje fantástico.

Casualmente la protagonista, Chihiro, no causó mayor impresión en nosotras, después de todo ella fue solo un vehículo para descubrir este mundo lleno de deidades, espíritus, brujas y demonios que habitan el reino entre la vida y la muerte.

En nuestras mentes, Chihiro nos enseñó sobre algo valioso envuelto en un halo de fantasía, la conexión que tenemos con la familia, como todo el trabajo duro es por y para ellos y como están contigo siempre sin importar la forma y la distancia.

Un buen ejemplo es la bruja Yubaba, quien a pesar de ser la antagonista, nos muestra lo importante que son los lazos familiares para ella con su hijo Bo, un bebé gigante con miedo a los gérmenes.

Aunque la sobreprotección, la ansiedad y el maltrato forman parte de su relación, ambos cambian a lo largo de su viaje, con Bo apreciando a su madre y dejando atrás su lado malcriado y Yubaba aceptando a su hijo tal y como es sin importar su apariencia.

Mira la esencia, no las apariencias

Imagen tomada de 'Sen to Chihiro no Kamikakushi' con el.sin rostro ofreciéndole comida oro a Chihiro.

Vamos a desviarnos un poco y es que si bien mi mamá y yo compartimos el gusto por el cine, otra forma de entretenimiento que nos conecta es la música y entre estos está el grupo Aterciopelados.

Esta banda colombiana, conformada por Andrea Echeverri y Héctor Buitrago, sacaron una canción tan solo un año después de ‘El viaje de Chihiro’ bajo el título de ‘El estuche’, que nos cuenta cómo debemos dejar las apariencias atrás y ver lo que verdaderamente son las personas.

Sinceramente y debido a mi corta edad, pienso que sin la película de Studio Ghibli no habría podido comprender este concepto, que se repite una y otra vez en las aguas termales.

Lo vemos con el espíritu del río, un ser abominable, cuya peste es capaz de pudrir madera a su paso y que todo lo que necesitaba era alguien dispuesto a brindarle una mano para revelar su verdadera apariencia.

Claro que esta es solo una de las interpretaciones de esa escena, porque a los diez años no estaba pensando en el impacto ambiental que es retratado por Miyazaki. Pero este no es el único ejemplo, también lo vemos con el Sin rostro.

Como un ser capaz de crear oro y cuya necesidad de ser alabado y necesitado por Chihiro, el Sin rostro se convierte en un monstruo devorador de personas, que más tarde vuelve a encontrar su camino gracias a la protagonista.

Eres Chihiro

Imagen tomada de 'Sen to Chihiro no Kamikakushi' con la protagonista de perfil y llorando.

Varias palabras atrás mencioné cómo en un principio Chihiro no nos dio mayor impresión como personaje, pero años más tarde comprendí que a mis ojos, mi mamá es Chihiro.

Con una corta edad tuvo que crecer para poder darnos una vida y aunque tal y como la protagonista recibió ayuda de aquellos que estaban a su alrededor, eso no impidió que conociera más temprano que tarde todas las lecciones de la película.

Crecer no es fácil, pero es necesario, en especial cuando otros dependen de ti y si a eso le agregamos un dragón, una bruja y personajes adorables como los Susuwatari, entonces no hay mejor forma de apreciarlo.

El trabajo duro, la falta de descanso, el aprender a compartimentar nuestras emociones a la par de ser vulnerables cuando lo necesitamos, todos son rasgos de Chihiro que siempre vi en mi mamá.

Una conexión más allá del anime

Imagen tomada de 'Sen to Chihiro no Kamikakushi' con un plano lejano del tren que lllleva a Chihiro y sus amigos hasta la casa de la.hermna de Yubaba.

Quizá lo más valioso de nuestra experiencia viendo ‘El viaje de Chihiro’, más allá de pasar un buen rato, abrir la puerta a un nuevo mundo o tener lecciones que recordaré por el resto de mi vida, es esa conexión que quedó entre nosotras.

Gracias a esta película, mi mamá comprendió mi futura obsesión con el anime, al punto de llevarme a convenciones, disfrutar de la experiencia juntas y, aunque no siempre lo entendió, nunca lo juzgó.

La apertura que siempre tuve a su mundo, se convirtió al fin en algo recíproco, y ahora, con la misma edad que tenía mi mamá cuando vimos por primera vez la película, puedo apreciar todo lo que hizo para llevarnos a ambas hasta ese lugar.

El gran esfuerzo de sustentarnos, de darnos motivos para continuar disfrutando así fuese un día a la semana y lo difícil que debe haber sido sonreír para las dos en las buenas y en las malas.

Ante mis ojos mi mamá es tan fuerte como lo fue Chihiro, creció de golpe a pesar de no ser más que una niña para mantenernos y me brindó esta vida, donde a pesar de mi edad actual, puedo seguir sintiéndome como la niña que vio ‘El viaje de Chihiro’ a su lado.

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